lunes, 27 de julio de 2015

Francia vuelve a sacar los colores a Europa en materia de Eficiencia Energética



Hace unos 8 años, en un viaje de trabajo a París me quedé realmente sorprendido al comprobar que todos los escaparates de las inmobiliarias francesas sin excepción incluían la calificación energética de los hogares que se vendían o alquilaban al mismo nivel y con la misma visibilidad que el número de metros, la distribución o el precio.

Quien pedía información sobre un piso en Francia podía conocer al momento las mejoras que había tenido ese inmueble en materia de aislamiento térmico, servicios de ventilación, colocación de contadores de consumo eléctrico y la evaluación de su consumo energético. Una información realmente válida que se resumía en una etiqueta energética y que daba al usuario la posibilidad de tomar una decisión con todos los datos en la mano.


Años más tarde, la obligatoriedad del certificado energético entraba en vigor en nuestro país y en otro muchos del entorno europeo.

La pasada semana, Francia volvió a situarse a la vanguardia europea en materia de eficiencia energética con la aprobación definitiva de la “Ley de Transición Energética”.

No se trata sólo de que el presidente François Hollande quiera llegar a la cumbre sobre el cambio climático de París en diciembre como país destacado, como han señalado algunos medios de comunicación. Esta Ley supone un auténtico catálogo de compromisos en la lucha contra el cambio climático.

La nueva norma contempla la reducción de aquí a 2050 de un 75% de las emisiones de gases de efecto invernadero de origen energético y de un 50% del consumo de energía final; para 2030, Francia deberá tener un 40% menos de emisiones, un 30% menos de combustibles fósiles y alcanzar un 32% de energías renovables.

¿Cómo va a conseguir estos objetivos tan ambiciosos el Gobierno Frances? El Ejecutivo de Hollande se ha planteado un cambio radical de los hábitos de consumo y las administraciones públicas tendrán que dar ejemplo. Se promoverá el coche eléctrico y se multiplicarán las estaciones de recarga; se impulsará la llamada “economía circular” y el reciclado de residuos.

Y para conseguirlo no van a escatimar medios. Todas estas propuestas van acompañadas de un presupuesto trianual de 10.000 millones de euros en ayudas para incentivar la renovación de edificios y mejorar la eficacia energética en los mismos. Pero también ponen su punto de mira en gestos pequeños como la obligatoriedad para el sector de la distribución de donar en lugar de destruir la comida no vendida y poner fin a las bolsas de plástico.

Es, sin duda, un buen ejemplo para los participantes en la próxima Cumbre del Clima de París, que aspira a alcanzar un consenso para que la temperatura no suba más de dos grados en este siglo. Pese a los anuncios grandilocuentes, de los 196 participantes solo 49 países han presentado sus planes nacionales (entre ellos los 28 Estados miembros de la UE).

La necesidad de frenar el calentamiento global obliga acometer una drástica reducción de las emisiones erradicando en un 80% el uso de los combustibles fósiles y apostando por las renovables. Francia ha comenzado dando ejemplo. Esperamos que, en esta ocasión, volvamos a copiarle todo lo bueno.

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