martes, 3 de noviembre de 2015

¿Qué es la temperatura de confort?

(Y por qué los centros comerciales o el transporte público la ignoran)


Llega el invierno. Llega el frío… ¿seguro? Permítanme que lo dude. Si son ustedes de los afortunados que viajan estos días en transporte público o hacen su compra en un centro comercial (vamos, la gran mayoría de nosotros) seguro que ha empezado a sufrir los rigores del síndrome de "Las Canarias". Es decir, haga la temperatura que haga en la calle (llueva, haga frío, nieve, un tornado se lleve nuestra casa…) es entrar en el Metro, el autobús o un centro comercial y la bofetada de calor nos traslada directamente a las islas y sus 25º de media todo el año. Y claro, esos climas tropicales no hay abrigo que los resista.
Se supone que existe una cosa –llamémosle concepto, llamémosle término, llamémosle sentido común– denominada Confort Higrotérmico, que es esa temperatura en la que nuestro cuerpo no tiene que poner en marcha ninguno de sus mecanismos de termorregulación para estar agustito. Hay muchos factores que influyen a la hora de alcanzar esta temperatura de confort: la radiación (o ausencia de ella) de los materiales que nos rodean, sobre todo de la envolvente del edificio; la temperatura ambiente del aire; su velocidad, y la humedad del ambiente. Pero parece que, por convención, se ha establecido que esta temperatura de confort en invierno deben ser 21º y en verano de 25º.

¿Entonces por qué en los centros comerciales hace tanto frío en verano y tanto calor en invierno?
Seguro que algún mal pensado ha llegado a la conclusión de que eso lo hacen para vender más ropa de "temporada", ya que es muy habitual encontrar en las tiendas abrigos en agosto y bikinis en diciembre. ¡Error! O al menos a medias. Al parecer, estas temperaturas (sobre todo el frío en verano) tienen que ver con otro concepto asociado al consumo: el lujo. 
Durante mucho tiempo se han asociado estos excesos a la riqueza. De esta manera, podemos encontrar ejemplos muy extremos, como los de los centros comerciales en Japón, donde la temperatura en verano era de 15º. ¡Increíble, no!
Los abusos en climatización no sólo pueden ser perjudiciales para la salud –se sabe que más del 20% de los resfriados están asociados a los cambios de temperatura–, el medio ambiente se resiente, y mucho. Las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera está causando un calentamiento del planeta que, de no controlarlo, traerá graves consecuencias en el futuro. En la Conferencia del Clima, COP21, que tuvo lugar en París en diciembre, se buscaba el compromiso de todos los países para limitar el calentamiento global antes de que sea demasiado tarde.

¿Abrigados para ir de compras?
Sin embargo, y por suerte, la tendencia comienza a cambiar. Aquí en España todos conocemos y hemos visto las campañas del Gobierno para concienciarnos sobre la temperatura a la que debemos poner el termostato (21º), además algunas empresas punteras han comenzado a trabajar con materiales más eficientes y sostenibles, que garantizan no sólo la mejor climatización, sino las menores pérdidas de calor, el ahorro de energía y la calidad del aire interior.
Fuera de nuestras fronteras encontramos también buenos ejemplos. En Dubai se construyó el centro comercial con clima controlado más grande del mundo; el Mall of America usa energía solar, y en Nueva York se aprobó una ley que prohíbe abrir las ventanas mientras el aire acondicionado se encuentra encendido.

¿Y en el transporte público? ¿Por qué hace tanto calor?
Si has viajado en Metro en Madrid estos últimos años sabrás de lo que hablamos. Sea verano o invierno, el andén es un auténtico horno. ¿Por qué? 
Al parecer esto se debe a una planificación de la climatización de los trenes que nos hace pensar que no se ha tenido en cuenta que este medio de transporte viaja en túneles bajo tierra… 
Antiguamente (bueno, vale, no hace tanto tiempo), los trenes contaban con un sistema de ventilación forzada, que hacía que el aire en su interior se renovase de manera constante. Al mismo tiempo, el aire de los túneles era renovado por medio de los respiraderos que dan a la calle. Sin embargo, se consideró que este sistema no era del todo eficiente y, sobre todo, que en la hora punta no ayudaba a aliviar los calores del verano. ¿Qué hicieron? Poner aire acondicionado en el metro. ¡Bien!, pensaréis vosotros. Sí, pero no. 
El nuevo sistema ha ayudado a que los vagones del metro estén a una temperatura adecuada en todas las épocas del año, pero (como ocurre con todo aparato) el calor que generan los motores ha elevado la temperatura en los andenes en verano y en invierno, provocando que en pleno diciembre uno busque con desesperación un abanico en su mochila/bolso.


Parece evidente que la climatización de los espacios públicos no es cosa de niños y que se debe planear muy bien, combinando entre sí factores tan fundamentales como la eficiencia energética, el ahorro y el confort.